Era una buena noche para suicidarse. En el fondo se
escuchaba, como si un músico cantara en sus entrañas, My Way. ¿Cómo
podría hacerlo¿ ¿Cuáles recursos emplear? Ninguno que doliera mucho, ninguno
que fuera escandaloso, no era necesaria la sangre corriendo a borbotones, ni
los sesos manchando el pavimento. Ya no había formas elegantes de morir... no
era posible, como Petronio, contar con una bella esclava y una tina plateada
llena de agua tibia para que, sumergidos en ella, la vida abandonara sin prisa
las arterias. Ahí sí había poesía.
En cambio, nadie encontraría líricos los restos mortales de
la leve humanidad de Jota; todo el arte posible estaría reducido a una línea
perdida en la página judicial del diario local, al lado del escueto informe de
una pelea de borrachos o el asalto a un negocio de compraventa. En la tarde de ayer, mientras el
asfalto se bebía la tarde, se quitó la vida un fulano de sienes entrecanas. Silencioso y mofletudo, una suerte de
cetáceo encallado, sin rasgos particulares distintos a la tristeza de su piel
aceitosa. Dirían que fue la depresión, que no han desaparecido los enfermos de
wertherismo, que lo agobiaban las deudas, la inflación, la miseria, que su
camisa no valía el magro pan de una tienda de barrio, que en uno de sus
bolsillos traseros encontraron una peinilla negra a la que la faltaba un diente
y un papelito en el que no estaba anotada confesión distinta a la nota
bibliográfica de un libro de Hermann Broch, y en uno de los delanteros, una
billetera maltrecha con unos viejos almanaques, uno en el que se adivinaba la
silueta del Che Guevara, otro en el que una mano apurada había anotado el
teléfono de una mujer.
Pero ¿para qué ocasionarle a extraños un disgusto más? Cómo
hacerlo, cómo. En el fondo todo era ridículo, la noche era bella, en el cielo
se movía un enorme disco blanco, la gente caminaba sin prisa por la Avenida Santander ,
sonreía, y pensaba en sus casas cálidas, en el televisor, en la película de la
noche, la comida caliente y la mujer o el hombre con el que resanarían heridas.
Todo conocimiento distinto al placer fugaz de las manos ocupadas y los ojos
entrecerrados estaba proscrito. Era ridículo morir en una noche tan bella, pero
era ridículamente bello morir en una noche así. Dónde y cómo matarse, era una
tarea compleja. El problema estaría resuelto si apareciera un ladrón generoso,
de esos que te encajan entre las costillas algunas pulgadas de metal mohoso.
Pasaría entonces de victimario a víctima y el karma, que tanto le preocupaba,
se depositaría en la cuenta corriente del delincuente altruista.
En esos días había leído en una revista que el autor de
unos crímenes horrendos que seguramente estaba algo chalado, se había suicidado
en la cárcel. Los guardianes le habían quitado los objetos presumiblemente
peligrosos: los cordones de los zapatos. Al final le había bastado la camisa
con la que confeccionó un rústico pero efectivo lazo. Un árbol, una banqueta y
una cuerda, parecía fácil. Lo mejor sería conseguir un parque solitario. ¿Cómo
sería ese último segundo? ¿Qué podría sentirse o pensarse? Tal vez, en un
hálito de lucidez, se dijera entúpido,
ya no hay vuelta atrás y no querías morir, no ahora, no así. En una novela
que lo había acompañado días atrás, uno de los personajes, un soldado judío,
había quedado profundamente agitado luego de una larga pelea, se marchó a su
dormitorio y comenzó a jugar con su fusil. Puso la boquilla un poco más arriba
de la nuez de Adán y se preguntó cómo sería morir. Hacerlo podía ser tan
sencillo como introducir la llave en una cerradura o servir un café, no era necesaria
una congoja extrema o un cansancio existencial de los que calan los huesos, no,
simplemente halar el gatillo. Finamente lo hizo y una conciencia que se
desvanecía en cámara lenta dijo no,
¿qué he hecho? Tal vez le
sucediera eso mismo y ya no podría ascender al puente de donde se lanzó o
expeler el veneno que se despeñó por su garganta.
¿Les pediría disculpas a todos los que se maltrató o con
quienes fue injusto? No, no sería sincero y en todo caso encontrarlos a todos,
aunque no son muchos, tardaría tanto que el suicidio habría perdido la partida
con la hipertensión. Lo decidió, solo se despediría de una mujer, la única a la
que había amado. Tomaría un bus, se marcharía al pueblo en el que vivía, le
preguntaría a todos por una pequeña rubia de ojos alados, la buscaría de casa
en casa, y le comunicaría a esta, luego de encontrarla, que se iba para Jauja,
un lejano país en el que crecen espigas en la aceras y del que no se vuelve nunca.
Como es posible que las lágrimas, inoportunas, contaran más de lo necesario, le
diría que algo quedaba del viejo bardo, surrealista y obeso, y que ahora
cargaba, como un oloroso símbolo que en ese momento no valía la pena explicar,
una cebolla grande, de esas que obligan a las amas de casa a limpiarse la nariz
con un pañuelo.
Jota llegó a su casa, mejor, al pequeño cuarto que
tenía en arriendo y del que pronto sería desalojado, abrió la puerta, miró los
libros tirados en piso y las camisas desperdigadas en los rincones y se lanzó a
su cama deshecha, que, como siempre, olía a sudor y a cansancio. El único
problema filosóficamente importante para él seguía sin resolverse y esa noche,
cuando menos esa noche, continuaría vivo.

Me pareció excelente tu relato. Espero que continúes escribiendo. Un saludo.
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