jueves, 26 de julio de 2012

Autosuperación

¿Actos de contrición para Jota? Sí, muchos. Alguna vez, desesperado, decidió, condenar al ostracismo los aspavientos que le ocasionaba la literatura que le recomendaba un amigo  y, sin guantes ni pudor, aceptó el préstamo de unos cuantos kilos de libros de autosuperación. Sospechaba que los libros no servirían más que para reivindicar la memoria de algunos árboles asesinados pero había escuchado algunos testimonios fidedignos: hombres con la derrota tallada en el rostro aparecían de pronto tan sonrientes como modelos de crema dental, y ya no se erguían en la mañana maldiciendo el cierre del recinto  de los sueños sino recitando un mantra destinado a cargarlos de energía positiva. Cualquiera de esos libros, recordando al viejo Marx,  tenía cuando menos valor de cambio, cada uno de ellos, luego de una venta no muy exigente, hubiera provisto el dinero necesario para dos almuerzos proletarios, generosamente cargados de carbohidratos. Era inútil,  se requería una fe cerril y carecía de ella, incluso de la más tibia.

 En alguna ocasión se cruzó con un evento cristiano, 200 o 300 personas  en uno de los parques de la ciudad. Recordó los esfuerzos ingentes que una gran amiga, novia de otros tiempos, llevó a cabo para convertirlo a la fe del Señor. Durante muchas noches, en tanto esperaba la sopa que ella le servía en la cocina  de su casa, escuchó con paciencia las razones por las cuales el único camino seguro era el que conducía a Cristo, y tomar la decisión de transitar por él podía salvarlo de la autodestrucción. Él le decía entonces, mientras preguntaba si quedaba más sopa, que dado ese cancerígeno escepticismo que lo agobiaba podría resultar mucho más conveniente que ella y no él,  elevara plegarias redentoras; que lo recomendara con la Autoridad Suprema, que le solicitara a esta mercedes capaces de convertirlo en un buen ciudadano, y finalmente de ubicarlo en un trabajo decente. En eso pensó cuando se lanzó a la turbamulta. Luego de un par de horas de escuchar  la prédica  exaltada del Pastor y los gritos temblorosos de los feligreses, quedó convencido de lo que antes apenas sospechaba: que era una pobre cucaracha. Ese descubrimiento lo hizo llorar. No sabía  dónde podía albergar todo el  líquido que mojaba su camisa. Una  de las circunstanciales compañeras de éxtasis, visiblemente conmovida, se le acercó y le dijo al oído: hoy inicias una nueva vida. Media hora después, mientras se reponía en una cafetería cercana esperando una empanada recién salida del freidor, razonó que los cambios drásticos no podían ser inmediatos, probablemente la primera virtud, el pilar de su transformación, era la conquista de una paciencia que emulara la del santo Job. Ahora, con el ánimo de refutar coléricamente  al espejo, está esperando otra congregación evangélica para preguntarle a la mujer por los ausentes signos de su cambio.

1 comentario:

  1. Jorge, me reí mucho. No sé porque tu texto siendo tan triste tiene tanto humor.

    Juliana

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