jueves, 26 de julio de 2012

Filia

Por alguna extraña razón, le gustaba la tierra. Todos los días hundía el hocico en el suelo y escarbaba tal y como lo hacían los perros callejeros en los montículos de basura. Le quedaban restos en las comisuras,  algunos de ellos, sin ningún respeto, penetraban  las aletas de su nariz y lo obligaban a toser. El suelo no tenía un olor especial y no era posible asociarlo con algún recuerdo. Nada lo obligaba a cerrar los ojos con arrobamiento, ni siquiera el sabor ácido que avasallaba a sus papilas gustativas. En ocasiones, como si un mago hubiera chasqueado los dedos, se ponía en pie, limpiaba su camisa, se pasaba la mano por el rostro y friccionaba sus ojos como si acabara de  abandonar la cama. Se decía, entonces, que tenía un mundo que ganar y que las puertas caerían aunque tuviera que despellejarse los nudillos de sus manos. Pero seguía cavando, la fuerza gravitatoria obligaba  a sus manos a complementar lo que ya hacía su boca. Algunos lo exhortaban a que abandonara esa afición  patológica y él mismo, en momentos de lucidez,  se reprochaba el hábito y lo llamaba costumbre de mierda. Pero nada sucedía, no sabía por qué, pero continuaba cavando.  En el hueco enorme, mientras tanto su tiempo descendía.

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